jueves, 21 de mayo de 2015

MANUAL DE USO - SMARTPHONE



Es Pascua. Una familia tradicional comparte una deliciosa Lasaña de pato que, aunque nadie lo sepa, incluye pollo. Todo parece transcurrir con normalidad hasta que, en un momento determinado, el padre golpea furioso la mesa, conminando a sus hijos a que dejen en paz el dichoso móvil. Los chavales, dos adolescentes capaces de comer con cara de asco y, al mismo tiempo, teclear ocurrentes y simpáticos mensajes, pactan una alianza transitoria para derrotar al tirano que los engendró y alimenta con el sudor de su axila. Sin demora, comienzan a lanzar andanadas de improperios, amenazas geriátricas y coloridos desplantes que terminan por colocar al padre en su punto de ebullición óptimo. El hombre no lo dice, pero es consciente de que cinco minutos atrás estaban todos mucho más tranquilos. La madre también lo piensa, pero como hoy toca mantecao prefiere callar.
"Teclear mensajitos por el móvil mientras se concede la extremaunción se considera un falta de respeto"
Todo tiene su origen en un libro que recientemente llegó a sus manos. Se trata de un manual de tecno-urbanidad. En dicha guía, como en tantas otras de corte similar, se aborda como un problema la interacción del móvil en situaciones ordinarias de la vida. Hay ocasiones en las que, en efecto, teclear mensajitos por el móvil puede considerarse una falta de respeto; por ejemplo, mientras se concede la extremaunción o se está declarando en un juicio. Pero hay otros casos en los que hablar de más o menos educación es meterse en terrenos ambiguos, hilando muy fino. Si en tu primera cita, mientras cenáis en un romántico merendero, tu pareja saca el móvil y se pone a chatear durante, pongamos, quince minutos, podría pensarse desde fuera que esa persona ganó varios años seguidos en la feria del capullo, pero a lo mejor te está diciendo, de una manera sutil y elegante, que no hay futuro en lo vuestro. En el lado opuesto estaría el espectador a quien le suena el móvil en el momento que la protagonista se despide de sus hijos en el cadalso, a punto de ser guillotinada. Un “Tiroriro!” ya desconcentra, pero tiene un pase. Lo malo es si tenemos puesto el estribillo de “Sobreviviré”, de Mónica Naranjo. El clímax de la película se va inmediatamente a tomar por culo y el director te manda dos sicarios desde Hollywood. Si no podemos silenciar el móvil porque el vibrador nos produce un desagradable reflejo condicionado, queda la opción de colocar una sintonía cinematográfica que encaje en la temática del filme. Una buena opción, casi de paso universal, podría ser algún tema de John Barry (Memorias de África).
Tampoco queda bien curiosear los últimos vídeos cochinos, que siempre incorporan sonido con el volumen a tope, mientras el cura ensalza la sacrosanta institución del matrimonio ante los novios. Por muy gracioso que sea ese grupo de whatsapp debes hacer un esfuerzo y contenerte en el día de tu boda.
De la misma manera que hay un montón de situaciones en las que no es educado utilizar el teléfono, también existen otras tantas en las que todo se reduce a una cuestión de sentido común. Imaginemos el caso de un sofisticado ladrón de joyas. De nada sirve inutilizar alarmas y echar Rexona sobre el entramado de haces láser para saber por dónde colarse, si en el momento más delicado nos llama un comercial de Pinchatel para ofrecernos un móvil sin lactosa o con omega 3. De igual forma, no es aconsejable mantenerlo activo si estás invadiendo un país, que se supone que es una cosa que debe hacerse con sigilo (manual para invadir un país).
La conclusión que quiere transmitir este pequeño manual es que no debemos ser demasiado tiquismiquis con el asunto. Si compartimos espacio con alguien más interesado en la periferia digital que en la cercanía corporal, respetemos la opción de esa persona, aguantando pacíficamente sus misteriosas risitas mientras esperamos que nos atienda. Eso sí, en cuanto puedas, coge su móvil / configuración / ajustes de idioma / Chino Mandarín.
"La libertad de utilizar un teléfono inteligente termina donde comienza la tontería del dueño" (Virgilio).


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