martes, 21 de abril de 2015

MANUAL DE USO - PLANCHA


En esto de la plancha no hay leyes, pero sí una regla no escrita que nos libera de planchar lo que es de dominio privado. Es decir, ropa interior y de cama.
Vamos a por la bestia negra de la plancha: las camisas. Lo ideal sería realizar un by pass entre la secadora y el armario. En este sentido, es importante ejercitar la observación al ir de compras: busca en las etiquetas la frase “NO IRON“, porque eso significa que no hace falta plancharlas (no vale pegar la etiqueta en camisas viejas). Otra opción consiste en demorar al máximo su lavado, portando siempre un polo de cuello alto bajo la camisa. Esta alternativa vivió su máximo apogeo en los ochenta (cita requerida). Si a pesar de todo no te queda más remedio que plancharla, continúa leyendo.
PLANCHAR UNA CAMISA
Si te vas a poner un jersey encima ya tienes casi todo el trabajo hecho, porque sólo tienes que centrarte en el cuello.
Un maniquí constituye otra opción a tener en cuenta, porque es mucho más fácil colocarle la camisa y pasar la plancha por encima.
ATENCIÓN! No intentes cambiarte por el maniquí, porque si la camisa es estampada se transfieren los dibujos a la piel.
PLANCHAR UNA CAMISA, DE VERDAD
Llegados a este punto tenemos tres elementos aparentemente incompatibles entre sí: plancha, tabla de planchar y camisa, pero que deberás conjuntar amigablemente mediante un arcano misterioso que hasta hace poco sólo conocían las madres: el agua destilada. Si das de beber esta pócima a la plancha, conseguirás que la máquina se vuelva dócil y coma mansamente todas las arrugas que encuentre a su paso.

Una vez que comiences con este ritual doméstico, observarás que su efecto sobre el espíritu es francamente relajante, a la par que hipnótico. El sonido del vapor, como un rumor mediterráneo, más el calorcito que va desprendiendo, atemperan el ánimo hasta lograr que mano y plancha sean una misma cosa (Licencia poética. No tomar en sentido literal).

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